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El potencial de acción: la electricidad que nos hace sentir, pensar y movernos.

Hay una idea que parece casi mística, pero que es profundamente biológica:

todas nuestras células están cargadas eléctricamente.


Cada célula viva mantiene una diferencia eléctrica entre su interior y su exterior. Y las neuronas, hace millones de años, aprendieron a utilizar esa diferencia como una forma de comunicación.


Gracias a eso podemos pensar, recordar, sentir, cantar.. 

Todo eso comienza con señales eléctricas diminutas moviéndose por el sistema nervioso.


Una neurona en reposo no está apagada. Está en espera. Como un arco tensado antes de soltar la flecha. 


En su interior es más negativa que en el exterior. Esa diferencia se llama potencial de membrana en reposo. Normalmente ronda los -70 milivoltios. Puede parecer una cifra pequeña, pero dentro de una célula es enorme. Es la tensión que permite que la neurona esté preparada para responder.


Y aquí aparece algo que me encanta: antes de actuar, la neurona necesita mantener un equilibrio. No está dormida. Está regulada, conteniendo energía, esperando la señal adecuada. Ese equilibrio depende de partículas cargadas llamadas iones: sodio, potasio, cloro y calcio. 


Estos iones entran y salen de la neurona a través de canales específicos, como pequeñas puertas en la membrana celular. Y uno de los mecanismos más importantes es la bomba sodio-potasio. Esta bomba trabaja constantemente para mantener la diferencia eléctrica entre el interior y el exterior de la célula.


Es como si la neurona estuviera cuidando su propio clima interno. Y esto tiene una conexión muy guay con el trabajo somático. Porque nuestro sistema nervioso también necesita equilibrio. No podemos vivir permanentemente activados. Pero tampoco podemos vivir completamente apagados. La salud, muchas veces, no consiste en estar siempre en calma. Consiste en poder movernos con flexibilidad entre activación y descanso. Entre tensión y liberación. Entre alerta y seguridad.


Cuando una neurona recibe suficiente estimulación, ocurre algo muy loco. Su carga cambia de forma rapidísima. El interior de la célula se vuelve menos negativo, se acerca a cero y, si alcanza un umbral determinado, es decir, que sea cercano a −55 mV, conocido como umbral de activación, se desencadena un fenómeno de "todo o nada": el potencial de acción. En ese momento, se abren masivamente los canales de sodio dependientes de voltaje, generando una rápida inversión de la carga eléctrica que permite que el impulso nervioso viaje a lo largo del axón.


El potencial de acción es una señal eléctrica breve, intensa y precisa. Dura apenas milisegundos. Pero sin él no habría pensamiento, movimiento ni sensación. Es el “sí” eléctrico de la neurona. El momento en el que deja de esperar y decide actuar.


Aquí hay una regla fundamental: la ley del todo o nada. Si el estímulo no alcanza el umbral, no pasa nada. Si lo alcanza, la neurona dispara completamente. Ni un poco ni a medias. Dispara!


Si lo pensamos bien, muchos procesos de la vida también funcionan así. A veces acumulamos pequeñas señales internas durante mucho tiempo. Una tensión, una emoción no expresada, una intuición, un cansancio, o una incomodidad. Y llega un momento en que el sistema cruza un umbral.


Entonces aparece la reacción: lloramos, nos enfadamos, nos bloqueamos, o decidimos algo, nos liberamos… El cuerpo llevaba tiempo hablando, pero quizá no lo estábamos escuchando.


Después del disparo, la neurona necesita volver a su estado de reposo. Primero se despolariza. Después se repolariza. Y luego entra en un período refractario. Ese período refractario es un momento en el que la neurona no puede volver a disparar inmediatamente. Necesita recuperarse. Necesita restaurar su equilibrio.

Y aquí hay una lección muy humana: incluso la neurona necesita una pausa después de activarse. No estamos diseñados para estar en modo respuesta todo el tiempo.

Después de una emoción intensa, una discusión, una situación de estrés o una experiencia profunda, el sistema nervioso necesita volver a organizarse.

Necesita integrar. Necesita respirar. Necesita recuperar su centro.


Cuando el potencial de acción llega al final del axón, la neurona tiene que transmitir el mensaje a otra célula. Y esto ocurre en la sinapsis.


La sinapsis es el espacio de comunicación entre neuronas. A veces la transmisión es eléctrica, rápida y directa. Pero la mayoría de las veces es química. La neurona libera neurotransmisores en un pequeño espacio llamado hendidura sináptica.

Esos neurotransmisores cruzan el espacio y se unen a receptores de la siguiente neurona. Como una llave entrando en una cerradura. Y dependiendo del receptor, el mensaje puede activar o inhibir a la neurona que lo recibe.


Esto es muy importante: un neurotransmisor no es bueno o malo por sí mismo. Su efecto depende del receptor al que se une.


El mismo mensajero puede producir efectos distintos según el contexto. Y esto también ocurre con nuestras experiencias. Una misma situación puede activar seguridad en una persona y amenaza en otra. Un silencio puede sentirse como paz o como abandono. Una mirada puede sentirse como intimidad o como juicio.


El sistema nervioso no responde solo a los hechos. Responde al significado que esos hechos tienen para él.


En la neurona postsináptica pueden ocurrir dos cosas principales. Puede generarse una señal excitatoria, que acerca a la neurona al disparo, o una señal inhibitoria, que la aleja de ese disparo.


Excitación e inhibición; activación y freno; movimiento y contención. El cerebro funciona gracias a ese equilibrio. Si todo fuera excitación, habría caos. Si todo fuera inhibición, habría bloqueo. La vida mental necesita ambas fuerzas. Necesita impulso.Y necesita regulación.


Además, las neuronas no toman decisiones por una sola señal aislada. Reciben miles de mensajes. Algunos las empujan a activarse. Otros las invitan a calmarse. Y la neurona integra todo eso.


Suma señales, resta señales, calcula si ha llegado el momento de disparar o no. Esto se llama integración neural. Y quizá sea una de las mejores metáforas del sistema nervioso humano. Porque nosotros también somos integración.


Somos lo que heredamos.

Lo que vivimos.

Lo que sentimos.

Lo que recordamos.

Lo que reprimimos.

Lo que expresamos.

Lo que el cuerpo aprendió como peligro.

Y lo que poco a poco puede volver a reconocer como seguridad.


Aquí, el somatic healing cobra mucho sentido. Cuando trabajamos con la respiración, el movimiento lento, la conciencia corporal o la sensación de seguridad en el cuerpo, no estamos haciendo algo “mágico”. Estamos dialogando con el sistema nervioso en su propio idioma.


El idioma del ritmo.

De la tensión.

De la descarga.

De la percepción interna.

De la regulación.


El cuerpo no es un objeto que tenemos. El cuerpo es el lugar donde ocurre nuestra experiencia.


La ciencia nos muestra que somos electricidad, química y materia organizada. Pero la experiencia de estar vivos va más allá de describir los mecanismos.


Una emoción no es “solo” neurotransmisores.

Un pensamiento no es “solo” electricidad.

Una conexión profunda no es “solo” actividad sináptica.


Todo eso es cierto a nivel biológico, pero la vivencia humana tiene una profundidad que también necesita el lenguaje espiritual. 


La neurociencia nos explica cómo se transmite la señal. Pero cada persona debe descubrir qué significado tiene esa señal en su propia vida.


Al final, cada potencial de acción es una pequeña chispa. Una chispa que viaja por el sistema nervioso. Una chispa que puede convertirse en movimiento, en palabra, en deseo, miedo, intuición, memoria, amor… en una decisión  que cambia el rumbo de una vida.


Cuanto más comprendemos los mecanismos del cerebro,  más misteriosa parece la experiencia de estar vivos.


No somos energía en un sentido abstracto. Somos energía organizada en biología.

Y de alguna manera, cada vez que una neurona dispara, la vida se está diciendo a sí misma:


“aquí estoy”.

 
 
 

2 comentarios


Conocia muy poco del tema. Increible! Muy interesante

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Me encanta el artículo y todo su contenido!!!, ESPECTACULAR !!!

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