Dopamina, ego y propósito.
- Cris Sira

- hace 15 horas
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¿Para qué hago lo que hago? ¿Y por qué?.
Sin intentar responder a estas preguntas de manera sincera, puedes pasar años funcionando en automático. Haciendo. Logrando. Consiguiendo. Ganando.
Y sin embargo, sintiendo un vacío difícil de explicar.
Cuando el objetivo es sólo ganar (ganar reconocimiento, aprobación, estatus, seguridad, amor) entras en una rueda que nunca termina. La rueda del “hacer para ser suficiente”, la rueda del “hacer para encajar”, la rueda del “hacer para que me quieran”.
Y esa rueda, aunque te lleve lejos, muchas veces te aleja de ti.
El ego no es el enemigo, pero sí el director equivocado.
Desde la psicología, el ego no es algo negativo en sí mismo. Es una estructura necesaria. Nos ayuda a construir identidad, a protegernos, a desenvolvernos en un mundo complejo. En términos evolutivos, necesitamos pertenecer; nuestro cerebro está programado para ello. La exclusión social activa en el cerebro áreas similares al dolor físico. Encajar no es superficial: es supervivencia.
Pero cuando el ego se convierte en el único director de nuestras decisiones, empezamos a vivir desde la carencia.
Desde la neurociencia se sabe que cada logro externo activa el sistema de recompensa del cerebro. Pero no porque la dopamina sea la “hormona del placer”, como muchas veces se simplifica.
La dopamina está mucho más relacionada con la anticipación, la motivación y la predicción de recompensa. Es decir, se libera especialmente cuando el cerebro detecta que algo valioso podría ocurrir (o cuando ocurre algo mejor de lo esperado). Es el neurotransmisor que nos impulsa a ir a por el objetivo.
Cuando conseguimos algo (un reconocimiento, un aplauso, un “me gusta”) se produce una señal de recompensa. Si el resultado supera lo esperado, el sistema dopaminérgico se activa con más intensidad. Eso refuerza la conducta: el cerebro aprende que “esto merece la pena” y nos motiva a repetirlo.
Pero aquí está la trampa: el cerebro se adapta. Lo que ayer generaba una gran señal de recompensa, hoy se vuelve predecible. Y cuando algo es completamente predecible, la respuesta dopaminérgica disminuye. Ya no hay sorpresa. Ya no hay “error de predicción”.
Entonces necesitamos más. Otro logro. Otro aplauso. Otro estímulo un poquito mayor que vuelva a activar el sistema.
No porque el placer se haya ido, sino porque el circuito que nos impulsa funciona por novedad, expectativa y variación.
Y así, sin darnos cuenta, podemos quedar atrapados no tanto en el placer de ganar, sino en la persecución constante de la próxima recompensa.
El éxito que no vibra contigo.
Puedes ser muy capaz. Puedes ganar mucho. Puedes hacer cosas que impresionen a otros. Y aun así sentir que algo no encaja.
No todo lo que sabemos hacer está alineado con quienes somos. Ahí aparece la disonancia interna: cuando nuestras acciones no están en coherencia con nuestros valores y nuestra esencia, el cuerpo lo sabe. Se siente como cansancio crónico, irritabilidad, desconexión, una sensación sutil de estar “interpretando” una versión de nosotros que no es del todo real.
La psicología humanista habla de la autorrealización como ese estado en el que nuestras acciones están alineadas con nuestro ser profundo. Cuando lo que hacemos expresa lo que somos.
Y eso cambia completamente el motor.
De hacer para ganar a hacer para aportar.
Cuando descubres el para qué haces las cosas, el foco se transforma:
Ya no actúas para demostrar. Actúas para contribuir.
Ya no te mueve la comparación. Te mueve el impacto.
Y aquí ocurre algo mágico: el cerebro responde de forma diferente cuando actuamos desde la conexión y el propósito. Estudios en neurociencia muestran que los actos de generosidad, conexión y amor activan circuitos asociados al bienestar profundo y sostenido, no solo al placer momentáneo. La oxitocina, vinculada al vínculo y la confianza, entra en juego. El sisstema nervioso se regula. Hay coherencia interna.
No es la euforia del aplauso. Es la paz de la alineación.
La valía no se conquista, se reconoce.
Uno de los grandes malentendidos del ego es hacernos creer que nuestra valía depende del rendimiento.
Pero hay un punto más profundo: tu valor no nace de lo que consigues, sino de lo que eres.
Cuando estás presente, cuando escuchas de verdad, cuando sostienes a alguien en silencio, cuando tu energía está alineada con el amor y no con la necesidad de validación… eso ya impacta.
Nuestra simple presencia, cuando es auténtica y amorosa, transforma más de lo que imaginamos.
La psicología interpersonal lo confirma: la regulación emocional es contagiosa. Un sistema nervioso en calma ayuda a regular otros. Una persona presente y segura genera seguridad alrededor.
La sensación de valía no nace del aplauso, sino del impacto: cuando nuestra presencia regula, inspira y eleva a otros, el cerebro registra pertenencia y sentido; y para eso, muchas veces basta con ser.
El equilibrio: conciencia.
No se trata de eliminar el ego. Eso no es realista ni saludable. El ego nos ayuda a movernos en el mundo. Nos protege. Nos estructura.
El trabajo es otro: desarrollar conciencia.
Ser capaces de preguntarnos:
¿Estoy haciendo esto por miedo o por amor?
¿Busco validación o deseo contribuir?
¿Estoy intentando demostrar algo o expresar algo?
Esa conciencia es la que nos permite elegir.
Y cuando eliges desde tu esencia, desde ese lugar profundo que no necesita aplausos para sentirse valioso, algo se ordena dentro. La inseguridad pierde fuerza. El hacer deja de ser compulsivo. La vida se vuelve más coherente. No necesariamente más fácil. Pero sí más verdadera.
El impacto más grande.
Quizá el impacto más grande que puede tener un ser humano no está en lo que construye, sino en desde dónde lo construye. Ojalá que todos cultivemos esa conciencia para construir desde lo que somos. Desde el amor.
Paradójicamente, cuando el objetivo deja de ser ganar, muchas veces se gana algo mucho más profundo: la sensación de estar siempre en casa.
Referencias
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Me encanta!! ♥️ Gracias por escribir tan bonito 😍 te amo!