Si para ser visto tienes que esconderte, es mejor que no te vean.
- Cris Sira
- 20 dic 2025
- 2 Min. de lectura
«Si para ser visto tienes que esconderte, es mejor que no te vean». Esta frase no habla de invisibilidad, sino de dignidad.
Desde pequeños aprendemos (a veces sin darnos cuenta) que para ser aceptados hay que recortar partes de nosotros: bajar el volumen de lo que sentimos, no decir lo que pensamos, ocultar lo que nos hace diferentes… El mensaje es sutil pero constante: sé, pero no tanto. Y así empieza una negociación silenciosa con la identidad. ¿Cuánto de nosotros tenemos que esconder para pertenecer?
Desde la psicología, sabemos que este proceso tiene un coste. La incongruencia entre quiénes somos y quiénes mostramos genera tensión interna, ansiedad y una sensación difusa de vacío. Carl Rogers hablaba de la importancia de la congruencia: el bienestar aparece cuando el yo real y el yo expresado no están en conflicto. Cuando vivimos interpretando un papel para ser vistos, lo que recibimos no es aceptación, es aprobación condicionada. Y eso nunca nutre; solo sostiene con pinzas.
La ciencia, especialmente la neurobiología social, lo confirma. El cerebro humano está diseñado para la conexión auténtica. Las relaciones que activan los circuitos de seguridad y bienestar no son las basadas en la máscara, sino en la presencia real. Cuando nos sentimos aceptados tal y como somos, el sistema nervioso se relaja, la creatividad aumenta y el pensamiento se profundiza. En cambio, esconderse para encajar mantiene al cuerpo en alerta, como si estuviera siempre a punto de ser descubierto.
Desde una mirada espiritual, la idea va aún más lejos: no venimos a este mundo a empequeñecernos, sino a expresarnos. La vida no se expande cuando nos contraemos, sino cuando vibramos en nuestra verdad. Cada persona es una frecuencia; cuando intentamos adaptarnos a una vibración que no es la nuestra, la señal se distorsiona. Pero cuando somos fieles a lo que somos, ocurre algo revelador: los espacios correctos aparecen, las personas afines se acercan, y lo que parecía riesgo se transforma en resonancia.
No tenemos que demostrarle nada a nadie. No tenemos que convencer, impresionar ni encajar a la fuerza. El verdadero trabajo no es cambiar quiénes somos, sino encontrar (o crear) los entornos donde podamos expresarnos sin escondernos. Espacios humanos, emocionales, profesionales o espirituales donde nuestra forma de estar en el mundo no sea tolerada, sino celebrada.
Porque cuando dejas de pedir permiso para ser quien eres, algo se ordena por dentro. Y todo aquel que esté en vibración con eso no solo lo verá, sino que lo potenciará. Lo demás… simplemente deja de tener peso.
Si para ser visto tienes que esconderte, no es visibilidad lo que te ofrecen.
Y no hemos venido aquí a desaparecer un poco, sino para aportar, para existir con fuerza y crear belleza desde aquello que solo cada uno de nosotros podemos ofrecer. Porque cuando cada persona se permite ser, entre todos creamos un mundo especial, lleno de vida.
Y es en ese acto colectivo (en crecer, aprender y elevarnos juntos) donde la humanidad evoluciona hacia algo más consciente, más luminoso, más divino.